#1
- Mercedes Iacoviello
- 7 may 2025
- 3 min de lectura
Actualizado: 15 may 2025

Me apasionan los perros, me llaman la atención desde muy chica. Me gustan todos los animales, pero muy especialmente los perros. Siempre me admiró la capacidad que tienen para entenderse con otra especie, la cercanía que logran establecer con la familia con la que conviven. Sin embargo, viví treinta y dos años de mi vida sin perro, hasta que llegó a casa la pequeña Cabsha.
Fue un modo de echar raíces nuevamente. Recién nos mudábamos con Walter después de cinco años de nómades estudiando en Illinois, Estados Unidos. Veníamos con nuestros posgrados a cuestas, en temas que nada tienen que ver con el mundo del perro, a retomar nuestros trabajos, él como profesor en la universidad, yo como funcionaria en un área técnica del estado nacional. Sabíamos que llevaría tiempo que llegara el hijo (aunque finalmente no fue tanto), así que nos lanzamos a la aventura de buscar una casa para mudarnos, y un perro para instalarnos definitivamente como familia en Buenos Aires.
Con Cabsha llegaron los trucos enseñados con unos libritos que había comprado compulsivamente en las librerías en Illinois, luego la inquietud por entender mejor cómo es que ese animal noble, bello e inteligente lograba aprender a velocidad de rayo lo que le enseñaba, luego un aviso en el diario que anunciaba un curso de adiestramiento canino profesional en la Universidad de Buenos Aires… Y así fue como me hice adicta al comportamiento y aprendizaje animal. Comenzó una vida paralela que comenzó como pasatiempo y se transformó en parte de mi trabajo con Salta Violeta, el proyecto educativo de convivencia responsable con perros y gatos que lidero.
Pero previo a eso, sobreviví más de treinta años sin perro.
Aviso que no viene ahora la diatriba contra los padres insensibles que nunca cedieron a la presión conjunta de cuatro hijos insistiendo en traer a casa un cachorro. Es que no recuerdo que jamás hayamos jugado esa carta con mis hermanos, porque nuestros padres eran los primeros que se paraban a hacer mimos a cuanto perro se cruzaba en nuestro camino, y acto seguido se lamentaban de no poder tener el tiempo y el espacio para tener uno en casa. Nos transmitieron al mismo tiempo el amor por los animales, y la responsabilidad que implica hacerse cargo del destino de un ser vivo.
Tuvimos en casa una tortuga (no estaban protegidas aún), cobayo, canarios (que soltábamos en el living), hámster, conejo (que aprendió a abrir los picaportes de un salto) y finalmente ya casi de adolescentes, gato. Pero nunca perro. Y no era capricho: toda esa larga y variada lista de especies requería atención y compromiso, pero no requerían pasear por el barrio para socializar con sus congéneres, y podían quedarse al cuidado de otros con relativa facilidad si salíamos de viaje. El mensaje era claro: un perro es cosa seria.
Varias décadas y cinco perros después, dedico buena parte de mi tiempo a transmitir precisamente eso, cómo cuidar de manera responsable y convivir de manera armoniosa con nuestros perros. Y el paso cero del cuidado responsable es definir con total honestidad si uno está en condiciones de incorporar a su familia un animal por los próximos diez, doce, tal vez hasta quince años. Todo viaje, mudanza y cambio de rutinas durante todo ese tiempo tendrá que contemplar al integrante canino. ¿La cabaña en Calamuchita admite perros? ¿Con quién se quedará nuestro canino de cabecera cuando viajemos a conocer el glaciar Perito Moreno? El departamento que nos encanta para alquilar por los próximos tres años, ¿admite animales?
Todos estos desafíos se pueden resolver, pero habrá que estar dispuestos a enfrentarlos. La decisión no puede estar basada en el irrefrenable impulso ante un cachorrito ofrecido alegremente en un parque, ni en el sacrificio asumido a regañadientes "porque me lo pidieron los chicos". El perro es responsabilidad de los adultos, para disfrutar con la familia. Los chicos podrán ayudar ocasionalmente, pero poner sobre sus hombros la supervivencia y el bienestar de un animal es una crueldad para ambas partes.
Nos bombardean imágenes donde la felicidad familiar insuperable incluye al cachorro correteando con los (por lo menos dos) hijitos sonrientes de joven pareja. Y resulta tentador pensar que podemos comprar esa felicidad en cómodas cuotas buscando en internet perritos parecidos al de la publicidad Pero no hay plan de pagos que cubra el cariño, la paciencia, la dedicación que requiere la crianza y el cuidado de un perro. En cambio, si el motor es el disfrute, si el paseo diario nos divierte y entusiasma, si estamos dispuestos a sintonizar nuestras emociones con las de un compañero de otra especie... entonces sí tendremos todos en la familia una maravillosa vida de perros.
Mercedes Iacoviello


Comentarios